martes, 28 de agosto de 2018

Plumaje de pez


Y si pudiera irme lejos,
llenar la maleta de horazca,
dejar que el viento me atara los cordones
y correr hacia la nada,
¿cuál sería mi misión?
¿cuál es mi misión?

Traigo el mar entre los dientes
y se me escapa,
dejo barro bajo mis suelas,
y la laguna inunda todos mis jardines.

Es por la sal
que se me escabulle en cada entrecerrar de pupilas.
Es por la arena que ya no es cálida,
sino que quema,
arde como cada respiración en el desierto.
Como la esperanza de todo viajero
al toparse con algo que desconoce,
para descubrir que no es el dueño.

Esta no es mi vida,
y aún desconozco si alguien puede llamarse propietario de tanto mundo.
Pero el mar sigue cegando los matorrales,
y eso es razón suficiente.
¿Qué se dice un pez con deseos de plumaje?
¿Qué se le dice a un estanque con anhelos de brisa?

Las luciérnagas no deberían cantar el adiós de ninguna vida,
y sin embargo, allí está el título
junto al adiós.

Extraño los días en que la niña no temía a las espinas,
ni a cortarse las manos por tener algo precioso,
algo único ante sus ojos,
aunque fuera imitación para alguien más.
Piecitos que ignoraban las piedras del camino,
sin intención de juntarlas en su mochila.
Para que luego fueran ancla.

Que le importaba más el color del cielo,
que gritaba libertad por dónde lo mirase,
en vez del humo volcánico, congelando todo a su paso.
Tal vez tuvo elección,
sí que las tuve.

Pero hubo tiempos que no pude evitar,
porque el reloj se ríe en nuestras caras
con cada derrame de arena
que ya se fue.
Se fue, pero permanece en cada estornudo de mi espíritu,
en cada flaqueo de mi alma,
en cada imagen de mi memoria.
Tal vez algún día pueda ser del cielo,
pero hoy no.
Ni mañana tampoco.

Quizá nunca aprenda a tirar la mochila,
abrirla y llenarla de flores
que no se marchiten.

Los peces saben de agua,
para dar vida.
Pero aún no recuerdo dónde dejé aquel conocimiento,
o si lo extravié
entre tanto odio.

No puedo gritar
qué busco.

-xabrilrxd