
Parte I
[Suspiro]
Ni siquiera sé cómo encabezar este relato, impregnado de conclusiones subjetivas, que bien podría llamar desahogo emocional. Una nueva perspectiva. Un ánimo de plasmar lo que una larga tarde me dejó grabado.
¿Cómo describir colores todavía inciertos?
Sin embargo, es un relato corto, a fin de cuentas, que escapa de autoayudar a nadie, esquivando autocompadecimientos poco objetivos, y con el siempre presente riesgo de caer en el engaño de nuestra propia mente.
Pero, sincerándome más conmigo que con alguien más que se le ocurra leer esto, mis palabras no planean ser un mapa del tesoro ni un sendero hacia la luz. Es la más pura catarsis que me veo obligada a plasmar, por miedo a que se me escape otra vez al “olvido”.
Así pues, me gustaría empezar por la más llana y superficial pregunta jamás respondida con sinceridad a la primera de cuentas: “¿estás bien?”.
Podría dar mil ejemplos más de cómo nuestra mentalidad juega a dos bandos, con el sarcasmo y la ironía siendo sus mejores armas.
¿Cuántas veces le hemos restado importancia como pregunta? ¿Cómo no hacerlo cuando tantos alrededor la usan tan naturalmente? ¿Realmente alguien espera una respuesta negativa? No, es lo que pensamos.
Y ese no es en lo que creo radicalmente. Nadie quiere saber de los fantasmas de otros. Nadie quiere correr el riesgo de ver a los suyos reflejados allí también.
Empecé diciendo que hoy había tenido una “revelación”, si se le puede llamar así a algo que siempre existió a mí alrededor. Pero vamos, que asimismo la miopía es un proceso endógeno y abstracto.
Hoy, como muchas veces suele sucederme, me sentí mal [enorme síntesis de todo lo que implica]. Desde hace poco, y tras años de estos “bajones” [nada de qué presumir con orgullo], aprendí a diferenciar mis tipos de caídas: las que suceden en lugares públicos, allí dónde “ya estás en el baile” y no hay salida de emergencia que surja a tiempo; y aquellos que aparecen justo antes de cruzar el umbral de mi puerta.
No creo que haga falta aclarar que en ambos sobreviene una aguda tristeza, casi desesperante, gracias al torbellino de palabras sueltas –nada amistosas– que se golpean con fuerza dentro de mi cabeza. Ansiedad, ira por no poder ser dueña de mi vida, por permitir que algo tan indefinido me domine, por ser incapaz de explicar por qué hace dos minutos era la persona más carismática y ahora sólo quiero desaparecer en una esquina.
Apesta, y duele cómo cada puñalada mental se siente sangrar en cada acción que te obliga a tomar.
Y justo en el momento, el esperanzador momento, cuando querés gritar… nada. Ausencia de aire. ¿Alguien escucha?
La percepción de lo negativo te invade y cada cosa que hagan los demás te llena de dolor, porque esa sonrisa no se siente, porque esas inseguridades se vuelven un monstruo, porque “¿quién podría quererme así?”.
Cada persona es un mundo, dicen tantos eslóganes, pero es cierto, y desconozco cómo cada sujeto sobrelleva su desolación. Sin embargo, cuando me pierdo, huyo de la realidad y espero encontrar la salida vagabundeando en la niebla. Metáforas sobran para decir que me aíslo, ya que nadie puede darle la importancia que se merece esa oscuridad, porque no necesito linternas, ¿para qué molestar? Tampoco significo mucho…
El ancla se vuelve gigante. Cuesta salir.
Y aunque salga, es cada vez menos ilesa.
¿Por qué dejamos que esos pensamientos nos sometan? ¿Tan lastimados íbamos a estar?
Ideas cubiertas de engaños, surgiendo como supuestas corazas, cuando son ellas mismas las que apuntan sus cuchillas dentro. Puesto que pensar “suficientemente me tiro yo, para tener que soportar maltratos externos” es una muralla gigante que nos llena de desconfianza y miedo, aun cuando pretenda ser un paracaídas.
Hoy me di cuenta de lo equivocada que estaba y que seguro sigo estándolo.
Ya no quiero pretender divertirme cuando me vengo abajo. Que me gusta bailar bajo la lluvia, pero no arrastrarme en su barro.
No puedo evitarlo. Y algo que no puedo impedir no puedo adjudicarlo como culpa. Tengo que dejar de matarme por ser como soy, por sentir.
El universo lo sabe y maldigo por ello, que quiero sentir, no quiero arrepentirme, no quiero verme paralizada nunca más, quiero demoler los muros y abrazar las experiencias del dolor fructífero, no autodestructivo.
En algún momento del día de hoy, me encontré caminando sola hacia mi casa, desenado escapar de la niebla que me estaba consumiendo. Fue entonces que lo descubrí: no sabía a dónde quería ir. Y no lo sabía porque el lugar nunca había sido el problema, porque yo cargaba con ese caparazón, que dormía de vez en cuando.
Me senté en un banco de plaza a mirar el agua salpicar en la fuente, y luego las gotas de perros chapoteando, palomas volando lejos, ramas acariciando la vegetación, personas disfrutando el clima, riendo, quizá mirando el cielo despejado o leyendo un libro. Nunca me sentí tan inexistente. Yo no encajaba en el bello panorama y sin embargo permanecí allí horas, en silencio, sintiendo cómo el todo se convertía en vacío.
Y el universo sabe que el vacío agota las energías. No podía moverme.
Hasta que lloré. Sólo dos lágrimas salieron, pero por dentro fue un volcán.
Todo este tiempo el problema siendo yo, mientras intentaba dirigir mi enojo hacia los demás. ¿Dónde estaba su error? No podía ser más egoísta con la vida, no podía dejar pasar tantas palabras hirientes sin considerar consecuencias.
El más real caos dentro de un paisaje estático.
Fue ahí cuando me di cuenta de que sentía miedo y no quería estar sola. Que no quería sentir esas ansias de vagar nunca más si no era junto a sonrisas.
Le dije a una amiga dónde estaba y ella me buscó, aun sin pedirlo, y la facilidad con la que me abrió un túnel me desbloqueó los pulmones.
Siempre me sentí agradecida por las personas que, sin saberlo, me hacían ver lo importante que era para ellos, aun cuando no lo sintiera. No creo que se hayan dado cuanta entonces lo fuerte que me mantenían con vida. ¿Cómo se devuelve eso?
Ojalá mis abrazos fueran suficientes para romper tantos muros como ojos tristes.
Ella, mi amiga, se sentó y no dijo nada. Y hablé cuando encontraba las palabras.
El hecho es que la frase “cada uno se merece a una persona que se interese porque estés bien, un amor que te construya, que te sostenga y te acompañe a mejorar”, me sacudió con toda su simpleza. En realidad, no muchos sienten el poder de la palabra merecer, pero lo es todo. Lo es todo porque te refriega todo tu valor, aquel que no te das.
Como dije, yo no estaba bien y ni estoy mejor aún, pero ahora lo sé, yo no tengo que esconder mi tristeza cuando es parte de mí ser, ni mucho menos dejar que consuma mi vida. Yo soy esto que sufre y siente con fuerza, ¿dónde está la vergüenza?, ¿dónde está el miedo? Que sin raspones no hay cicatriz, y sin marca no hay historias.
Así que sí, este es mi nuevo plano, que se da de revolucionario en una persona llena de injusticias. Y como cada protesta, espero que gane la batalla.
Ni siquiera sé cómo encabezar este relato, impregnado de conclusiones subjetivas, que bien podría llamar desahogo emocional. Una nueva perspectiva. Un ánimo de plasmar lo que una larga tarde me dejó grabado.
¿Cómo describir colores todavía inciertos?
Sin embargo, es un relato corto, a fin de cuentas, que escapa de autoayudar a nadie, esquivando autocompadecimientos poco objetivos, y con el siempre presente riesgo de caer en el engaño de nuestra propia mente.
Pero, sincerándome más conmigo que con alguien más que se le ocurra leer esto, mis palabras no planean ser un mapa del tesoro ni un sendero hacia la luz. Es la más pura catarsis que me veo obligada a plasmar, por miedo a que se me escape otra vez al “olvido”.
Así pues, me gustaría empezar por la más llana y superficial pregunta jamás respondida con sinceridad a la primera de cuentas: “¿estás bien?”.
Podría dar mil ejemplos más de cómo nuestra mentalidad juega a dos bandos, con el sarcasmo y la ironía siendo sus mejores armas.
¿Cuántas veces le hemos restado importancia como pregunta? ¿Cómo no hacerlo cuando tantos alrededor la usan tan naturalmente? ¿Realmente alguien espera una respuesta negativa? No, es lo que pensamos.
Y ese no es en lo que creo radicalmente. Nadie quiere saber de los fantasmas de otros. Nadie quiere correr el riesgo de ver a los suyos reflejados allí también.
Empecé diciendo que hoy había tenido una “revelación”, si se le puede llamar así a algo que siempre existió a mí alrededor. Pero vamos, que asimismo la miopía es un proceso endógeno y abstracto.
Hoy, como muchas veces suele sucederme, me sentí mal [enorme síntesis de todo lo que implica]. Desde hace poco, y tras años de estos “bajones” [nada de qué presumir con orgullo], aprendí a diferenciar mis tipos de caídas: las que suceden en lugares públicos, allí dónde “ya estás en el baile” y no hay salida de emergencia que surja a tiempo; y aquellos que aparecen justo antes de cruzar el umbral de mi puerta.
No creo que haga falta aclarar que en ambos sobreviene una aguda tristeza, casi desesperante, gracias al torbellino de palabras sueltas –nada amistosas– que se golpean con fuerza dentro de mi cabeza. Ansiedad, ira por no poder ser dueña de mi vida, por permitir que algo tan indefinido me domine, por ser incapaz de explicar por qué hace dos minutos era la persona más carismática y ahora sólo quiero desaparecer en una esquina.
Apesta, y duele cómo cada puñalada mental se siente sangrar en cada acción que te obliga a tomar.
Y justo en el momento, el esperanzador momento, cuando querés gritar… nada. Ausencia de aire. ¿Alguien escucha?
La percepción de lo negativo te invade y cada cosa que hagan los demás te llena de dolor, porque esa sonrisa no se siente, porque esas inseguridades se vuelven un monstruo, porque “¿quién podría quererme así?”.
Cada persona es un mundo, dicen tantos eslóganes, pero es cierto, y desconozco cómo cada sujeto sobrelleva su desolación. Sin embargo, cuando me pierdo, huyo de la realidad y espero encontrar la salida vagabundeando en la niebla. Metáforas sobran para decir que me aíslo, ya que nadie puede darle la importancia que se merece esa oscuridad, porque no necesito linternas, ¿para qué molestar? Tampoco significo mucho…
El ancla se vuelve gigante. Cuesta salir.
Y aunque salga, es cada vez menos ilesa.
¿Por qué dejamos que esos pensamientos nos sometan? ¿Tan lastimados íbamos a estar?
Ideas cubiertas de engaños, surgiendo como supuestas corazas, cuando son ellas mismas las que apuntan sus cuchillas dentro. Puesto que pensar “suficientemente me tiro yo, para tener que soportar maltratos externos” es una muralla gigante que nos llena de desconfianza y miedo, aun cuando pretenda ser un paracaídas.
Hoy me di cuenta de lo equivocada que estaba y que seguro sigo estándolo.
Parte II
No estoy bien y aceptarlo fue mi mayor alivio. El paso de una conquista que quiero realizar.Ya no quiero pretender divertirme cuando me vengo abajo. Que me gusta bailar bajo la lluvia, pero no arrastrarme en su barro.
No puedo evitarlo. Y algo que no puedo impedir no puedo adjudicarlo como culpa. Tengo que dejar de matarme por ser como soy, por sentir.
El universo lo sabe y maldigo por ello, que quiero sentir, no quiero arrepentirme, no quiero verme paralizada nunca más, quiero demoler los muros y abrazar las experiencias del dolor fructífero, no autodestructivo.
En algún momento del día de hoy, me encontré caminando sola hacia mi casa, desenado escapar de la niebla que me estaba consumiendo. Fue entonces que lo descubrí: no sabía a dónde quería ir. Y no lo sabía porque el lugar nunca había sido el problema, porque yo cargaba con ese caparazón, que dormía de vez en cuando.
Me senté en un banco de plaza a mirar el agua salpicar en la fuente, y luego las gotas de perros chapoteando, palomas volando lejos, ramas acariciando la vegetación, personas disfrutando el clima, riendo, quizá mirando el cielo despejado o leyendo un libro. Nunca me sentí tan inexistente. Yo no encajaba en el bello panorama y sin embargo permanecí allí horas, en silencio, sintiendo cómo el todo se convertía en vacío.
Y el universo sabe que el vacío agota las energías. No podía moverme.
Hasta que lloré. Sólo dos lágrimas salieron, pero por dentro fue un volcán.
Todo este tiempo el problema siendo yo, mientras intentaba dirigir mi enojo hacia los demás. ¿Dónde estaba su error? No podía ser más egoísta con la vida, no podía dejar pasar tantas palabras hirientes sin considerar consecuencias.
El más real caos dentro de un paisaje estático.
Fue ahí cuando me di cuenta de que sentía miedo y no quería estar sola. Que no quería sentir esas ansias de vagar nunca más si no era junto a sonrisas.
Le dije a una amiga dónde estaba y ella me buscó, aun sin pedirlo, y la facilidad con la que me abrió un túnel me desbloqueó los pulmones.
Siempre me sentí agradecida por las personas que, sin saberlo, me hacían ver lo importante que era para ellos, aun cuando no lo sintiera. No creo que se hayan dado cuanta entonces lo fuerte que me mantenían con vida. ¿Cómo se devuelve eso?
Ojalá mis abrazos fueran suficientes para romper tantos muros como ojos tristes.
Ella, mi amiga, se sentó y no dijo nada. Y hablé cuando encontraba las palabras.
El hecho es que la frase “cada uno se merece a una persona que se interese porque estés bien, un amor que te construya, que te sostenga y te acompañe a mejorar”, me sacudió con toda su simpleza. En realidad, no muchos sienten el poder de la palabra merecer, pero lo es todo. Lo es todo porque te refriega todo tu valor, aquel que no te das.
Como dije, yo no estaba bien y ni estoy mejor aún, pero ahora lo sé, yo no tengo que esconder mi tristeza cuando es parte de mí ser, ni mucho menos dejar que consuma mi vida. Yo soy esto que sufre y siente con fuerza, ¿dónde está la vergüenza?, ¿dónde está el miedo? Que sin raspones no hay cicatriz, y sin marca no hay historias.
Así que sí, este es mi nuevo plano, que se da de revolucionario en una persona llena de injusticias. Y como cada protesta, espero que gane la batalla.
-xabrilrxd
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